Pensar vs. Sentir

Sabes qué ocurre cuando intentas no pensar en algo?

Que lo piensas mucho más. El mero hecho de mandar la orden de no pienses en ESTO, te está poniendo ESTO debajo de un foco de luz enorme en tu cabeza.

Como psicóloga, mi recomendación es que no intentes controlar los pensamientos intrusivos. Tiene más sentido aceptar que llegan, hacerles el caso que consideres oportuno y dejar que se vayan.

La pregunta es: con las emociones pasará igual que con los pensamientos?

Amigx. Con las emociones es aun peor porque escapan a nuestro control racional. Sin embargo, podemos, a través de nuestras conductas, modular su intensidad.

Por ejemplo, si la emoción de ira me llega y se me hace muy intensa, puedo abandonar la situación que la está provocando -entre otras cosas- para que baje su intensidad y así recuperar el control racional de mi misma.

Por ejemplo -bis- si la emoción de alegría me llega y no quiero que me llegue, puedo cortar el contacto con quien la está provocando para que baje su intensidad.

La gran pregunta es: si sabemos que las emociones pueden dividirse en negativas (1º ejemplo) y positivas (2º ejemplo) aun siendo todas adaptativas,

¿Quién querría bajar la intensidad de sus emociones positivas?

Supongo que solo alguien que considera que estas deben ser motivadas por cuestiones, personas y situaciones con ciertas características concretas, y no otras.

Es decir: alguien que daría por válida la siguiente afirmación:

“Me hace feliz lo que yo quiero que me haga feliz, lo que me parece que puede o debe hacerme feliz”.

Sin embargo, como dije antes, a las emociones les da bastante igual tu sistema de valores y creencias. Ellas son “la loca de la casa” en tu cabeza.

La alegría aparece ante la misma situación que tu sistema de valores dice “por ahí, no”.

La tristeza viene cuando se supone que estás recorriendo el camino correcto según tus creencias.

¿Y por qué pasa a veces esto?

Bueno, ¿y por qué no? 

La afirmación con la que más de acuerdo podría estar se parece mucho a esta:

“Me comprometo a no intentar disminuir mi felicidad, aunque la encuentre donde se supone que no debo.

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