Ir al psicólog@: mi experiencia personal

evargot/ enero 14, 2020/ Sin categoría/ 0 comentarios

No me enrollo mucho con la introducción; voy a contarte cómo, cuándo y por qué fui a una psicóloga y lo que ello supuso en mi vida. 

Tendría ocho años, o algo menos. Empezaba el buen tiempo aunque aun hacía frío. Fui con mis abuelos a casa de unos familiares, concretamente a casa de una prima con la que yo jugaba mucho. 

Escuché una conversación de mayores que nunca debí haber escuchado. Hablaban delante de mi como si no me enterara de lo que decían, no es que me hubiera puesto a espiar. 

Lo que escuché no me asustó, y eso que no quería entender mucho pero entendí todo. Lo que realmente me asustó fue lo que vi: había una mujer que no quería vivir más, que estaba destrozada, haciendo honor a toda la crudeza de la palabra. 

Cuando volví, le pregunté a mi madre sobre lo que había visto y oído. Mi madre es una mujer fuerte, valiente y sincera. Así que se armó de valor y me dijo la verdad: había cierto hombre en la familia que se dedicaba a ‘tocar’ a las niñas desde hacía mucho tiempo. 

¿A ti también? 

Sí, cariño. 

¿Sabes esa escena típica en la que todos se ríen y el actor cambia el ambiente en un segundo solo con torcer el gesto, o preguntar ‘qué ha sido eso’? Pues mi vida dejó de ser feliz y alegre para volverse negra.  Lo recuerdo como una de esas escenas, sentada con mi madre en el sofá: todos los sonidos se apagaron en mi cabeza y sólo quedaba una sensación: PELIGRO. Y dolor. Las cosas malas no le pasan a cualquiera. Le pasan a mi madre. ¿Cómo se supone que una niña de ocho años o algo menos tiene que encajar esto? ¿Por qué el resto de mi familia no estaban enfadadísimos con esta situación? Y sobretodo: ¿por qué ese señor no estaba en la cárcel? 

Desde entonces me daba miedo el agua: cada vez que llovía mi cabeza pensaba en lo incontrolable que es este elemento y en la capacidad de destruir que tiene. Pensaba que nos moriríamos ahogados. Tenía taquicardias desde que caían las primeras gotas. 

Me daba miedo también el fuego. Y mi padre era bombero. ¿Y si se descontrolaba? Y si llegaba a las casas? Y si quemaba todo el mundo? Y lo peor: ¿y si quemaba a mi padre? Ya no me parecía bien su trabajo. En cuanto había una noticia sobre incendios, tenía taquicardias y sudores. Y un nudo en el estómago extremadamente desagradable. 

Me daban miedo los toros. Nunca he ido a corridas pero si iba a los encierros con mi madre. El primer (y último) día que fui desde que supe aquello, me quise desmayar y me eché a dormir en las piernas de mi madre. Le hice crear un plan de huida en caso de que el toro saltara la barrera. Nos colocábamos estratégicamente para tener más posibilidades de escapar. Después de muchos años, volví a ver encierros. Siempre tengo taquicardias. 

Mi madre decidió llevarme a una psicóloga por todo ello… y porque intenté leerme el diccionario de francés. Me leí la Constitución Española. Supongo que buscaba respuestas, y la seguridad que da el conocimiento, sea el que sea. 

Cuando me preguntó si quería que estuviera mi madre delante y le dije que no, mi madre se sintió contrariada. Pero aquella mujer me dio la confianza que necesitaba para hablarla como yo quería hablarla, con las palabras que no sonaban bien en una niña de ocho años o algo menos y con la crudeza que fuera necesaria, pues esa mujer no me quería y no sufriría, como sí podría haber sufrido mi madre de haberla hablado como hablé a la psicóloga.  

Se mostró impasible y comprensiva. Luego habló con mi madre a solas. No se de qué y no me importa. Me imagino que de lo extraordinario de mi relato y para cotejar que fuera cierto y no me estaba inventando nada. 

Creo que lo primero fueron los test. Me hicieron muchas pruebas. Los resultados fueron un CI muy por encima de lo normal para mi edad: eso explicaba por qué analizaba las consecuencias de los sucesos hasta ese punto.

La psicóloga siempre me trató de forma acorde a como yo me comportaba, no como se supone que debería comportarse una niña de 8 años, o algo menos. Siempre le agradeceré por ello. Tras desmontar las teorías que yo sostenía sobre las fatales consecuencias que acechaban a mi familia, a mi y al mundo, por este orden, me empecé a sentir mejor. 

Recuerdo el último día. Tendría yo ocho años, o algo más. Había aprendido muchas herramientas para enfrentar mis pensamientos y los comportamientos de otros. Había aprendido a ser adaptativa, a tener los miedos justos y a no avergonzarme de hablar como si tuviera cinco o seis años más. 

 Esa mujer, junto con mis padres, me enseñó a vivir. Me regaló un libro maravilloso que fue el complemento perfecto a las sesiones. Se llamaba “Autoestima en la adolescencia”. Yo no tenía  más de nueve años. Me lo leí esa misma noche. Y me lo he leído todas las noches que lo he necesitado desde entonces, que, gracias a esa mujer, no han sido muchas. 

En recuerdo de mi psicóloga, M. R. Hervías: no le di las gracias lo suficiente. Ojalá le sea yo tan útil a alguien, alguna vez. 

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